“Rodrigo o La torre encantada” de Donatien Alphonse Francois de Sade (Marqués de Sade)

8 de febrero del 2026

Rodrigo, rey tirano de España, se enfrenta ante la invasión de los moros a consecuencia de sus acciones. En busca de riquezas para defenderse, acude a una torre encantada en Toledo –medio para llegar al infierno– que le promete, al final de una búsqueda, con el recordatorio de su inminente desgracia, lo que busca.

Los desafíos o pruebas son reflejo de su tiempo en la tierra; los horrores narrados, en este relato, son de un carácter aleccionador: implican un aprendizaje, una guía, acaso el más antiguo –desde Aristóteles– de los usos del horror.

El final con un giro es innovador, sobre todo para la época en la que escribe Sade. El rey se encuentra en batalla contra los moros, y uno, su líder, se adelanta para retarlo a duelo. Rodrigo acepta y pierde, pero antes, quitándose el casco, se revela que el moro no es otra que Florinda, la muchacha deshonrada del comienzo del relato. Este giro –mujer, espectro, moro– acrisola la venganza en combinación con lo sobrenatural y el horror, previa realización, que siente el tirano.


“El que ofende pronto olvida sus injurias, mas quien acaba de sufrirlas goza al menos del derecho a recordarlas” (36).

“Tu caída era necesaria; el puente por donde acabas de pasar es el emblema de la vida: ¿acaso no está rodeada de peligros al igual que el puente? El virtuoso llega a la meta sin recibir desgracia, los monstruos como tú sucumben. Sigue adelante, sin embargo, pues tu valor te invita a ello” (42).

“-¿Quién, pues, gobierna a esas gentes? / -Sus virtudes: no necesitan leyes ni soberanos quienes no conocen los vicios.” (49).