Un capricho, o quizás la fortuna. El Chaltén me encontró desde lejos, aún en Buenos Aires, lastimado por un año convulso. Estuvo presente en las esperas, en el vuelo, en las horas perdidas. La expectativa no excedió a la naturalidad; lo que ganó, una vez más, fue tomar las cosas por lo que son.
Entiendo que la referencia es críptica, pero el rumor de los ríos y las montañas me recuerdan que la escritura es para uno mismo, primero, y para los demás, después. El Chaltén es una localidad inevitable. Más allá de los derroteros comerciales, propios del turismo, se irradia naturaleza por todas partes. En el camino en bus desde El Calafate y sus múltiples paradas, en la caminata azorada hasta el hospedaje, en los ventanales del primer piso, en las salidas para hacer las compras, en las lecturas insidiosas junto al Río de las vueltas. La cotidianeidad del viaje –que, por supuesto, es también parte del viaje– irradia también una conexión con lo natural abrumadora.
Después, claro, están los recorridos, los senderos, los lagos, las lagunas, las montañas, y todos los componentes que habitan esa espacialidad. Estanques, cascadas, árboles, arbustos, musgo, insectos, nieve, hielo. El ambiente está cargado de un aire seco y respirable que debería ser acaso condición de existencia para el ser humano. Este es el extremo. Lo que me pregunto es de qué manera puede incorporarse ese contacto en la vida en la ciudad, en mi vida. No hace falta venirse a El Chaltén para recordarlo; un parque o una laguna bastará. Esos lugares existen y están allí presentes. Naturalmente, la otra pregunta es cuánto tiempo puede estar una persona sin este tipo de estímulos sin perder su humanidad. Sospecho que la respuesta es conocida y no prometedora.
Por partes. Laguna de los tres; una conquista a la montaña por el esfuerzo físico, un paisaje bello y abrumador como los Alpes. Si alguna definición de lo sublime puede ensayarse, debe estar por allí. Miradores y Chorrillo del Salto: insertos en el marco cotidiano del pueblo, la existencia de estos lugares demarca la diferencia entre treinta o cuarenta minutos en la ciudad, y treinta minutos aquí. Laguna del desierto y Glaciar Huemul; la magnitud de las distancias y la primera cercanía a un glaciar, un leve desprendimiento y la ilusión en los ojos. Ríos y lagunas; espacios de concentración, de disputa, de tranquilidad, quizás en donde realmente se puede encontrar una vida leve. Añoro una laguna o un río en la cercanía de mi casa; la añoranza, claro, es fraudulenta.
Un breve apéndice. Después de un tiempo, vuelvo a viajar realmente solo, me asimilo con el viaje y con la magnitud que implica. Hace un año, creo, reflexionaba sobre si los viajes están hechos por los lugares o las personas. La conversación me parece superflua en este momento. Vine solo, al lugar más alejado que podía, en la extrema apertura.