Evoca a Silvina Ocampo, como no: “Lo raro siempre es más cierto” (frase tomada de sus cartas). En la potencia de lo breve, Samanta Schweblin ya se ha establecido –junto con otros autores, como Mariana Enríquez o Luciano Lamberti– como una de las exponentes literarias en la Argentina contemporánea. Es importante la conjugación, la tesis: no decimos que se está estableciendo, ni que sea una autora emergente; por el contrario, su rol ya es firme:

En términos populares, artísticos y poéticos, Schweblin representa el advenimiento de una nueva literatura, innovadora en su carácter elíptica –anticipada por Ricardo Piglia, como no, fundamento del cuento contemporáneo– e irreverente en sus fórmulas estructurales. No se invoca, en este caso, el término “fórmula” en pos de lo negativo, de lo barato, de lo copiable. La fórmula Schweblin, quizás nacida en los talleres y perfeccionada en los entreveros de la labor escritural, simplemente funciona, y funciona bien, lo que es más, en términos estéticos. 

Otros autores actuales operan sobre la misma elipsis, se insertan en lo no-dicho, intentan la perturbación –a veces lograda, otras un fiasco– que en Schweblin es moneda corriente. Tomamos el primer cuento, “Bienvenida a la comunidad”. En frase escueta y cotidiana, propia de los greetings barriales, Schweblin construye un relato irreductible, que se fuga o se ahoga: una mujer que intenta ahogarse, que se asfixia, que transmite la asfixia dentro y fuera del agua del mar. Una mujer con instinto asesino, que delira a sus hijos y detesta la vida que se supone que debe llevar. Una mujer interpelada por un vecino existencialista, violento en sus formas, pero con una práctica útil para ella. Una mujer que confunde los espacios: opera en el ensueño de su cocina.

Ese relato funciona como una excelente apertura al libro de cuentos. Sin embargo, es el cuarto, “El ojo en la garganta”, en el que hay que detenerse. La historia de un accidente con unas pilas, de un niño traumatizado por la imposibilidad de la palabra, de unos padres gastados que se culpan entre sí. La historia de los tratamientos y de la ruta y de los olvidos. El final como un golpe de garganta, un quiebre en la potencia de perceptible: detalles que no cierran, pero que está bien que no cierren. Operan para la interpretación, alimentan el instinto perturbador de la narrativa de Schweblin. Las coincidencias caras, preciosas: el título del cuento que cobra sentido, la ausencia de la comunicación, la proyección, la pena, y al final una línea de teléfono muda, imposible de desconectar.

Disclaimer altamente subjetivo. Este último cuento tal vez haya sido mi favorito de la narrativa argentina de los últimos años.

El buen mal / Samanta Schweblin / Penguin