Aún sin tener en cuenta la experiencia propia de la Segunda Guerra mundial, nos es posible encontrar ciertas lecturas que habilitan al pensamiento de la cultura japonesa desde las raíces del siglo pasado. Con esto queremos decir: hay condiciones de producción que son relevantes para la consideración de escrituras sobre lo nacional. De esta idea deviene una tesis: todas las escrituras sobre lo nacional dependen de la mirada propia del contexto y las condiciones de producción determinadas por el autor y su círculo.
Hace algunos días dimos una charla para alumnos de escuela secundaria sobre Japón. División curricular: algunos habían leído a Tanizaki, otros a Okakura. Nos referimos a El elogio de la sombra (1933) y El libro del té (1906). Los docentes de los respectivos cursos me invitaron a conversar, a llevar adelante una charla/clase al respecto. Más allá del entusiasmo y la emoción (son mis primeros cursos; tuve a esos chicos cuando todavía eran más chicos) me quedé con sensaciones brillantes con respecto a las mentes (literarias, acaso) de estos jóvenes.
Más allá de la experiencia (no debemos devenir bitácora), me interesa reponer lo que pensé e identifiqué para ese encuentro. Nos encontramos con dos textos que tienen en el medio una división importante, tangible, que pesa en términos de experiencia. La experiencia de la Primera Guerra Mundial también, aunque lejana, marcó a diferentes países, entre los que se incluye Japón. Esa distinción está pendulando en Tanizaki y en Okakura, de manera periférica, como un epifenómeno (Bajtin). Mientras que el primero reivindica la presencia de lo nuevo en la cultura japonesa, más allá de lo ominoso de una imparable Occidente, el segundo establece un marco límite que pronto, unos meros años después, desarticularía sus propias consideraciones sobre lo nacional.
Esto me lleva a pensar que quizás el problema de lo nacional es un problema inagotable, inabarcable, que no podemos bajo ningún concepto sintetizar. En otras palabras, el problema de lo nacional solo puede pensarse en el contexto en el que se produce dicho enunciado. Okakuza no hubiera podido prever la experiencia y las cicatrices que dejó la experiencia bélica en Japón, por lo tanto no podemos condenar al autor japonés de vetusto o imprevisible. Todo lo contrario, el texto de Okakura funciona como un buen contraste y reflejo de lo que podría pensarse como síntoma de la experiencia que se produjo unos años después. Tanizaki, por su parte, aunque de manera más moderna, también tiene sus deudas. Con esto nos referimos a la experiencia posterior, quizás mayor y más determinante, de la Segunda Guerra. Habrá que consultar ensayos sobre lo nacional de autores japoneses de la segunda mitad de siglo para completar la serie.