Transitoriedad. Impermanencia. Un problema filosófico que atraviesa a la literatura, a la cultura, a la propia existencia humana. El problema del cambio: aquello que no permanece está condenado (angustioso, dulce) al cambio.
Hay algo más. El cambio no puede ser lo único que delimite a la impermanencia. Hay algo más profundo, primordial. No es tanto el cambio como sí la posibilidad del cambio, la certeza de que todo cambio puede ser posible según determinadas condiciones.
¿Permanencia y espacio? La década de 1980 se abre con una publicación acaso olvidada: En ningún lugar. En parte alguna (1979) de Christa Wolf, ensayista y novelista alemana. El título en inglés está traducido como No Place on Earth, deriva del alemán Kein Ort. Nirgends. ¿Qué podemos pedirle a este andamiaje lingüístico, más de cuarenta y cinco años después? ¿Cuál es la vigencia de la impermanencia de un título de una novela leída en el primer o segundo año de una carrera universitaria en literatura? Esa superación al paso del tiempo, ¿no contradice, acaso, el propio problema que se está poniendo en cuestión? ¿O es la impermanencia una categoría volátil? Suena a que lo es. Suena desagenciada.
Suena, también, a que el título de la novela de Wolf perdura como simple concatenación de palabras, como significante; esa es su durabilidad. Lo alterable, lo mutable, es constitución de su contracara. Es el sentido: años después, dando con un apunte de fotocopiadora, en medio de la frustración de la escritura y la lectura, una débil de enciende en las palabras.
Tal vez la impermanencia sea condena y redención: el cambio siempre traerá algo, menos estancamiento.